III Práctica Tercera: Focalizando nuestras emociones y necesidades

1. Introducción: las emociones primarias no saludables

Hemos realizado la fase de preparación, consistente en la armonización corporal y en despejar el espacio. Se trata de dos movimientos que, como consecuencia, nos hacen situarnos ante nosotros mismos en el momento presente. Por eso, esa consecuencia la podemos llamar también «estado de presencia». Desde ese estado de presencia hemos convivido con nuestras sensaciones corporales, prestándoles nuestra atención, intentando caer en la cuenta de ellas, situándolas en nuestro esquema corporal, describiéndolas con palabras o buscando imágenes que las representen y, especialmente, procurando sentir que los símbolos (palabras o imágenes) se ajusten a las sensaciones, y viceversa.

Ahora vamos a progresar aún más en nuestra exploración emocional.
Nos interesa advertir si esas sensaciones corporales o las palabras o frases, que hemos formulado, nos abren a un significado emocional, esto es, a unas emociones, y si esas emociones responden a una emoción primaria y si esa emoción primaria es saludable o no lo es.

Para ello, hemos tenido que recorrer todo el camino: la fase de preparación (estado de presencia) y la fase de atención a la sensación. Y cuando ya tenemos esa simbolización, esa palabra o frase que se ajusta a nuestra sensación sentida, entonces iniciamos esta nueva fase de exploración o de focalización de nuestras emociones y necesidades.

2. La focalización emocional

Y lo hacemos situándonos al lado de nuestra sensación, acogiéndola con amabilidad, sea cual sea, agradable o no, o al lado de esa respuesta que ya nos ha dado con la palabra o frase y, entonces, le preguntamos: «¿qué es lo tan… de esa sensación?», «¿qué es lo más esencial o lo más radical de esa sensación? ». Y, si es no saludable, «¿qué es lo peor de todo esto?». O si es saludable, «¿qué es lo mejor, lo más positivo?».

Si realizamos estas preguntas sobre la palabra o frase que nos significó la sensación, podemos aprovecharnos de esa misma palabra. Por ejemplo, si la palabra es duro, preocupante, feliz, podemos preguntarnos qué es lo que es tan duro o preocupante, o qué es la base de este sentimiento de felicidad. La pregunta busca las claves de esas emociones, busca la sensación primaria. En todo caso, no preguntamos nunca «¿por qué?», pues estamos en un nivel e percepción emocional o sensorial, y no en una búsqueda causal donde razonemos las causas: buscamos la claridad emocional, existencial, no razonar las causas.

Ante este preguntar surgirá una respuesta que manifieste lo nuclear de la emoción sentida, la emoción de fondo. O quizás haya que tantearla con paciencia. Quizás nuestro enfado se deba, no tanto a la actitud de la otra persona, sino a nuestro amor propio herido, a nuestra autoestima tan susceptible. O quizás se deba a una sensación de incapacidad o impotencia. A través de estas preguntas, la sensación tiende a abrirse y a mostrarnos aquello que es central. A veces, puede ser que la sensación esté clara y no lo esté su significación. Nos preguntamos entonces: «¿Qué es lo novedoso de lo que estoy sintiendo? ¿Tiene algo que ver con lo experimentado en otras ocasiones?». Estas preguntas pueden servirnos para aclarar situaciones confusas en las que sentimos un malestar inespecífico o para romper el telón que oculta el significado de un sueño.

3. La aclaración de nuestras necesidades

Todo el proceso experiencial va buscando la claridad y el cercioramiento emocional. Y esa claridad va íntimamente ligada a la manifestación de nuestras necesidades existenciales, a nuestro crecimiento interior. Éste es un proceso de cambio, a veces lento, pero otras veces es instantáneo, actúa como un resorte. En todo caso, el organismo humano sabe qué es lo que necesita. Si el sentímiento primario es la tristeza, el proceso llevará a su superación, a abrir el corazón y sentir un torrente de consuelo. Si lo que domina es un sentimiento de miedo o impotencia, el organismo humano hará surgir una vitalidad y fuerza nueva, un sentimiento de confianza en uno mismo y seguridad en el propio valer. Si lo que sentimos es enfado, el proceso nos hará llegar hasta las emociones de fondo.
Eso que se manifiesta en el cambio emocional es justo aquello que necesitamos y que nuestro organismo sabe perfectamente. Es una realidad constatada por los psicoterapeutas de todas las tendencias que las emociones saludables y vitalistas emergen como respuestas a nuestro sufrimiento emocional. Es la fuerza interna de la vida que llevamos dentro y que se activa y nos anima a comenzar de nuevo.

Esto ocurre con las emociones saludables y no saludables. Aunque sean no saludables (tristeza, envidia, temor, enfado), hay que darles la bienvenida de nuevo y aceptarlas. Algo nos quieren decir. Y desde esa cercanía nos aproximamos a ellas con una pregunta básica: «¿Qué necesitas?».

Esa pregunta tiene una clara respuesta en las emociones saludables, que nos enriquece y fortalece. Pero en las emociones no saludables puede ofrecer muchas variantes: «¿Qué es lo que necesitas ahora?», «¿qué te vendría bien ahora?», «¿qué es lo te impide avanzar o conseguirlo?», «¿qué es lo que te está pidiendo?», «¿cómo sería si ese sentimiento no estuviera ahí?», «¿qué puedes hacer tú por eso?».

Son preguntas que, en medio de la experiencia negativa del malestar, o cansancio o debilidad o miedo, tienden a hacernos reconocer y conseguir vivencialmente aquello que necesitamos, como un llegar a la fuente saludable de nosotros mismos.

4. El bloqueo emocional: el yo crítico

Sin embargo, en la interacción con las emociones no saludables, el puede proceso sufrir alguna suerte de bloqueo, porque la emoción no saludable está apoyada en una parte de nosotros mismos que la alienta y apoya. Es el yo crítico, que en este punto del proceso –señala Greenberg– puede manifestarse bloqueándolo. Su presencia está en el fondo de muchas emociones desadaptativas: en el miedo nos acobarda; en la sensación de no valía que nos hace negarnos la oportunidad de superarnos; en el sentimiento de vergüenza que ataca nuestra autoestima; en la tristeza que nos abruma con el sentimiento de culpa. O también nos justifica para mantener nuestras posiciones de venganza, o de no hacer. En general, podemos decir que esa parte nuestra, que pretende beneficiarnos advirtiéndonos de los peligros o de nuestros derechos, provoca ansiedad, desánimo, bloqueo, malestar, dolor, irritación o cansancio. Su presencia está detrás de muchas emociones no saludables e impide el proceso de superación.

La técnica para desbloquear el proceso es la siguiente. Cuando caemos en la cuenta de que una parte nuestra nos atemoriza o nos agota con sus instrucciones y advertencias, la clave es darle la bienvenida y establecer un diálogo con este yo crítico. Le preguntamos qué es lo que quiere y nos dirá que sus motivos son protectores. Agradeciéndole sus propósitos, hemos de señalarle que no avanzamos por sus ataques y que lo que necesitamos de él es su colaboración. Al conseguir que el yo crítico colabore con nosotros, se consigue que las emociones no saludables puedan ser atendidas y el organismo reaccione poniendo en marcha las respuestas emocionales saludables.

Esta fase de la focalización emocional es muy abierta y puede durar más o menos según la facilidad del proceso. Entre cinco y diez minutos.

5. El final del proceso: recibir, agradecer y proteger

Este proceso no conviene cortarlo de pronto, sino darnos un espacio para recibirlo, agradecer la experiencia y protegerla. Ésta es una fase (la fase final) del proceso del enfoque de Gendlin (focusing), que se cierra siempre con estos tres movimientos. La emergencia de una emoción saludable es un beneficio emocional elevado: llena de sentido una parte importante de nuestra vida, es la experiencia de nuestra verdad. Recibirla es hacernos conscientes de ella y de su validez, guardarla como algo valioso en nuestra memoria emocional, pues podemos volver sobre ello en otro momento. Agradecer a nuestro cuerpo el mensaje emocional recibido es una forma de valorar el proceso realizado y la verdad que se manifiesta en el recurso al cuerpo y al fluir corporal. Es una forma de concienciarnos de que el cuerpo nos recuerda, nos advierte, nos indica y aconseja en todo momento. Finalmente, proteger la experiencia está indicado para que no se disipe y pierda validez: protegerla de la rutina diaria o del propio crítico interno. Todo ello lleva muy poco tiempo; pero depende de la intensidad de la vivencia, pues no conviene cerrarla bruscamente. En total un proceso medio puede tener una duración de 30 minutos, aunque no hay límites de tiempo.

Todo este proceso, que he descrito, está motivado por el trabajo de Goleman sobre la inteligencia emocional, se inspira en los principios rogerianos de aceptación y empatía y en su afirmación de la positividad del ser humano para encontrar su camino desde su propia fuerza interior, se desenvuelve en su fase preparatoria (estado de presencia) en comunión con el mindfulness y, sobre todo, a partir del ejercicio de despejar el espacio; la parte troncal del ejercicio recoge la experiencia del método del enfoque corporal (focusing) de Eugene Gendlin y se ensambla con el método de la focalización emocional de Leslie Greenberg.
Además, todo ello sirve al propósito de desarrollar la inteligencia emocional intrapsíquica de Gardner. Y, en su aplicación a la vida social, puede complementarse con la aportación de la «comunicación no violenta» de Marshall Rosemberg.
Una buena excursión por la filosofía existencial nos ayudaría a encontrar los paralelismos y las confluencias.