5. Un texto de Kierkegaard: un programa para la psicoterapia humanista

Un precursor de la psicoterapia humanista y del existencialismo. La puesta en valor de la existencia humana en el pensamiento de la modernidad se le debe a Kierkegaard. Su filosofía es un manifiesto a favor de la vida. Con él se abre una corriente de aire en el pensar contemporáneo, que da vida a la filosofía existencial, de la que se nutrirá la psicoterapia.

El 1 de agosto de 1835 escribe en su Diario: «Lo que me hace de verdad falta es ver perfectamente claro lo que debo hacer, no lo que debo saber, fuera del conocimiento estrictamente requerido para todo obrar. Lo que me importa es entender el propio sentido y definición de mi ser, ver lo que Dios quiere de mi verdaderamente, lo que debo hacer; es preciso encontrar una verdad; la verdad es para mí hallar la idea por la que yo quiero vivir y morir…».

El saber especulativo de las verdades objetivas, comprender la historia, la metafísica, el sentido del cristianismo, nada de esto tiene sentido, si no soy capaz de vivirlo. Hay una nueva idea de saber y de verdad. El saber es experiencia interior y la verdad es aquello por lo que puedo vivir y morir: certidumbre existencial o, como se diría en psicoterapia, certidumbre experiencial.

«Lo que me hacía falta era llevar una vida perfectamente humana, no una vida de puro conocimiento, hasta llegar a cimentar mis reflexiones mentales sobre algo… tan hondo como las más profundas raíces de mi existencia, por las que estoy, por decirlo así, inserto en lo divino, y aferrarme a ello, aunque se hunda el mundo…». «Quiero ahora tratar de fijar reposadamente la mirada sobre mí mismo y comenzar a obrar interiormente; sólo así estaré en situación de llamarme yo a mí mismo, con una significación más íntima, como el niño se llama yo en la primera acción que realiza consciente y deliberadamente»; «este interno obrar del hombre, este lado de Dios, es lo que importa; no una masa de conocimientos; porque así vendrán después esos conocimientos, no como agregados casuales, no como una serie aditiva de unidades meramente yuxtapuestas, sin un sistema, sin un centro focal que reúna a todos los radios; ese centro de luz es lo que he buscado» (Hirchsberger, Tomo II, página 286-287).

Propone Kierkegaard cimentar sus pensamientos en las raíces profundas de su existencia. ¿Y cuáles son esas raíces? Son las raíces que se hunden en lo divino y que se manifiestan cuando dice «yo». Pero no es un yo que formula pensamientos trivialmente, sino un yo con significación íntima, como centro focal donde brotan todos los radios, como centro de luz. Y es en ese yo donde he centrado mi búsqueda, donde he tratado de fijar reposadamente la mirada sobre mí mismo. Ese yo consciente es el centro focal de su existencia.

Un programa para la psicoterapia humanista. Aquí tenemos ya el concepto o la idea de la existencia, de la vida interior, como algo singular y personal, como algo que tratamos de buscar, como un misterio que hunde sus raíces en lo divino, como una búsqueda de lo que realmente soy, como una afirmación de mí mismo, de la que brota toda la acción, donde descubro lo que soy y lo que debo hacer, donde el conocimiento busca la comprensión de la vivencia, y esa vivencia es realmente la verdad. La verdad ya no es una adecuación lógica del entendimiento a lo real, sino la manifestación de una experiencia interior auténtica y enriquecedora.

Cualquiera de las psicoterapias humanistas que conocemos subscribirían este programa filosófico como una feliz descripción de un trabajo terapéutico: alumbrar el yo experiencialmente, enriquecer nuestra existencia desde un centro focal que la ilumina, abrir ese yo originario a la trascendencia, dejar que en ese movimiento interior descubramos lo que es y no es realmente nuestra emoción auténtica, advertir, desde esa experiencia, el camino que tenemos que recorrer, nuestra verdad íntima… Todo ese programa de salud emocional o de crecimiento personal lo trataba Kierkegaard en 1835, mucho antes de que el psicoanálisis freudiano intentara salvar la ruptura entre la mente y el mundo y sanar la mente la enferma. Este texto de Kirkegaard nos manifiesta cómo el programa de una filosofía experiencial se preparaba ya en la primera mitad del siglo XIX y en él se contenían los principios y propuestas para una psicoterapia humanista y experiencial.

El ejemplo de Jennifer: encontrarse a sí mismo. Propongo ahora el ejemplo de una lectora del libro de Carl Rogers El proceso de convertirse en persona (1960). En el campo concreto de una historia personal explica cómo ese yo central, que propone Kierkegaard, se abre paso en la existencia de una persona.
Jennifer, que así se llamaba, le escribió a Rogers un memorándum con las repercusiones que había tenido la lectura de su libro. Jennifer seguía una terapia con su psicólogo, de tendencia rogeriana, y decidió leer a Rogers para combatir los consejos de su psiquiatra. Pero quedó prendida del libro. Aprendió a descubrir sus sentimientos y a no apartarlos, sino aceptarlos. Cuando ella pudo mirar a su interior, sólo vio un gran vacío, ni muros que se derrumbaran, ni torrentes, ni capas que se despegaran. Había sólo una gran caverna. Entonces, con el inesperado don del sentimiento, ya no intentó intelectualizar la caverna atribuyéndole algo que no existía.

«Y sentí, escribe, que en mi interior hay una caverna, vacía, limpia de escombros, a la espera de ser rellenada con experiencias y sentimientos; me están esperando “a mí”. Al reconocer la caverna, empezó a rellenarse. El discernimiento, los sentimientos, las experiencias son incesantes. En cualquier dirección avanzo un paso gigantesco». En este proceso de crecimiento personal, coincidente con las lecturas de Rogers, tuvo que asistir a una convención. «La perspectiva del acontecimiento no me entusiasmaba; pero, dado que mi participación tenía carácter oficial, estaba obligada a asistir. Pero usted llegó antes de emprender el viaje y la completa inversión que sufría mi perspectiva se puso de manifiesto con una claridad casi espeluznante. Fui sola, lo que en mi léxico intelectual equivale a sentirse sola. Pero de pronto, con mi recién hallado “yo”, no sentí aprensión alguna. Presentía que la experiencia sería buena y lo fue. No me sentí sola, No sólo me encontré con mis viejos amigos, ansiosos de compartir mi compañía con la suya, sino que también hice nuevos contactos muy interesantes. Dirigí con éxito dos grupos de encuentro y, en general, mi reacción a toda la experiencia fue tan positiva que desperté en la habitación de mi hotel en plena noche, pensando: Esto es maravilloso… me siento tan feliz… en mi interior reina la paz… soy una PERSONA. Me siento cada vez más en paz conmigo misma y con mi mundo, con la certeza adicional de que no es por casualidad. Es real, estoy en un proceso dinámico de llegar a ser… La caverna se llena de experiencias y sentimientos.  Y yo estoy aquí. YO, UNA PERSONA».

El texto, recogido en El camino del ser (páginas 111 y siguientes) nos muestra un proceso de experienciación en el que el cambio viene preparado por la habilidad para percibir los sentimientos, y desde esa transformación primera encuentra (sentí, dice) la imagen de sí misma en forma de caverna vacía que comienza a llenarse. Nos confiesa que es su yo recién hallado, un yo que se desenvuelve en un proceso dinámico. Se siente cada vez más en paz, y esta paz es señal de cómo ese yo va integrando sus emociones en una plenitud de ser. Si comparamos este caso con las palabras de Kierkegaard, que buscaba ese centro focal desde donde puede encontrar la verdad de su existencia y enfrentar su propia trascendencia, podemos comprender cuán semejantes pueden ser la reflexión existencial y la experiencia de la psicoterapia humanista. Pues ésta mira a hacer surgir el fondo íntimo del yo y esa experiencia del yo en la profundidad de la vivencia, cuando las personas se encuentran ante sí mismas, tanteando la profundidad de su propio origen, sobrenadando las circunstancias, es ya en sí misma una experiencia trans-física, metafísica.