1. El libro de Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido

Viktor Frankl, el famoso psiquiatra y psicoterapeuta, escribió, al salir del campo de concentración, un libro de psicología sobre las conductas y actitudes de los prisioneros, que él había podido observar durante su cautiverio. Aunque pretendía ser objetivo, sabía que su libro tenía una dosis enorme de subjetividad, pues la densidad y el dramatismo de la situación de los prisioneros sólo podían trasmitirse desde una sentida implicación personal. El libro fue escrito en un momento de su vida, en el que todavía sentía la incertidumbre e inquietante inseguridad del prisionero que aún no había podido liberarse de los rencores acumulados. Aquel libro fue para él un instrumento terapéutico. En una habitación alquilada, con las ventanas rotas, cubiertas con maderas, en la postguerra vienesa, durante nueve días dictó estas memorias de forma ininterrumpida a tres dactilógrafas, que se sustituían en la tarea. Con frecuencia interrumpía el dictado y se retiraba a un rincón, conmovido por el llanto. Luego superó y limpió el dolor acumulado y nunca fue ya pasto del rencor. No olvidó la experiencia de los campos, pero sí superó su experiencia personal.

El libro fue acogido al comienzo con interés. Ese interés decayó luego. Fue editado en 1945 con el título de Un psicólogo en el campo de concentración. Diez años después se editó con el título Desde el campo de concentración al existencialismo (1955), sin apenas repercusión. Pero, finalmente, sus editores le pidieron que añadiera un informe sobre su sistema terapéutico, la logoterapia, y se editó con el título El hombre en busca de sentido. Con este título y tras una intervención en un seminario en la Universidad de Harvard, que le lanzó a la fama, el libro se fue convirtiendo en un éxito editorial, hasta el punto de venderse hasta 1992 más de 9 millones de ejemplares en Estados Unidos. Se había convertido en un clásico, en «uno de los pocos grandes libros de la humanidad», como lo valoraba el filósofo Karl Jaspers.

La estancia en los campos de prisioneros dejó el alma de Viktor Frank deshecha. Él mismo cuenta el legado psicológico que dejaba en los prisioneros su paso por el campo. Quizás entre las consecuencias más dramáticas, el autor señala la ausencia total de sentimientos de los prisioneros: ni siquiera eran capaces de experimentar la alegría en el momento de la liberación. A esta ausencia de sentimientos se une el desencanto y la soledad posterior a la liberación, un sufrimiento añadido, pues la personas queridas habían muerto y la acogida de los supervivientes de la guerra, incapaces de comprender los sufrimientos del campo, era decepcionante. Por el contrario los prisioneros habían desarrollado una enorme resistencia al sufrimiento. Todo aquello formaba un cóctel explosivo.

1.1. La experiencia de brutalidad

Cuando entra en el campo de Auschwitz lleva en un bolsillo del abrigo un manuscrito de su libro Psicoanálisis y existencialismo, en el que había expuesto ya los fundamentos de su método. Y justo al entrar en el campo se da de bruces con el absurdo y la brutalidad. Pretende que un kapo, aparentemente comprensivo, le permita conservar el manuscrito, explicándole que era fruto de un trabajo profesional de años. Pero el kapo coge el manuscrito y lo destroza con gran satisfacción. Ahí experimenta ya la vida de humillación, despotismo, sadismo y sumisión a las leyes, que le espera. Un oficial, con el simple movimiento de un dedo, señala a los recién llegados, decidiendo quiénes viven y quiénes son directamente destinados a ser gaseados. Al desinfectarlos tras su ingreso, les roban sus escasas pertenencias y, desde ese instante, la vida en el campo se convierte en una experiencia límite de indignidad, sadismo, deterioro moral y físico, hambre y animalidad.

1.2. La situación límite y vida interior

El hambre es su compañera permanente, y el conseguir un mendrugo de pan o el atesorarlo y guardarlo para otro momento puede significar el límite entre la vida y la muerte. Al relatar la conducta de los prisioneros, Frankl relata escenas de sufrimiento extremo. Pero, quizás, lo que más destaca en la conducta de los presos es su apatía emocional, la ausencia o incapacidad para sentir, un mecanismo de defensa que los hacía insensibles a los sufrimientos físicos y morales, a los golpes o a los insultos. «La repugnancia, la piedad, la indignación, el horror, eran emociones que nuestros prisioneros no podían sentir». Esta ausencia emocional les permite permanecer impasibles en medio del horror y la brutalidad animal, que era la ley del campo.

La vida interior le proporcionaba al prisionero una vía de escape. También una fortaleza especial para superar las penosas condiciones de su existencia. Recuerda: «En otra ocasión cavábamos una zanja, el amanecer proyectaba una luz grisácea. Gris el cielo y gris la nieve, bañada por la luz del alba; grises los harapos, que malamente cubrían el cuerpo de los prisioneros, y grises sus rostros. Mientras trabajaba, mi imaginación hablaba con mi mujer, o acaso quería descubrir la razón de mi sufrimiento, de mi lenta agonía. En una violenta protesta contra lo inexorable de la muerte inminente, sentí que mi espíritu atravesaba todo lo gris circundante, que trascendía ese mundo desesperado, y en algún lugar oí un victorioso «sí» en respuesta a mi pregunta sobre si, finalmente, la vida tenía sentido. En ese momento se encendió una luz en una granja lejana, recortada en el horizonte como una pincelada de color radiante en aquel amanecer grisáceo de Baviera. Et lux in tenebris lucet. ”Y la luz brilla en medio de la oscuridad”».

«Estuve muchas horas despedazando la tierra helada. El guardia pasaba junto a mí y me insultaba; pero yo seguía hablando con mi amada. La sentía a mi lado, cada vez con mayor intensidad. Tenía la sensación de que podía tocarla, de que, si extendía la mano, alcanzaría la suya. Una sensación extraordinariamente viva: ella estaba realmente ahí. En ese preciso instante un pájaro se posó delante de mí…».

1.3. La salvación del hombre consiste en el amor

¿Cómo sostener el espíritu en medio del naufragio total? Es extraordinario cómo la experiencia de la desolación hace brotar, en medio del aplastamiento, un surgimiento originario del ser que podemos ser. Frankl nos cuenta su experiencia: en la oscuridad del alba los guardias conducen a los prisioneros a culatazos; los que tienen los pies llagados se apoyan en el brazo del vecino y el frío helado impide la conversación. El compañero a su lado le susurra: «¡Si nuestras mujeres nos vieran ahora!».

«Caminábamos kilómetros a trompicones, resbalando en el hielo y sosteniéndonos mutuamente, sin decir nada, pues los dos sabíamos que cada uno pensaba en su mujer… Mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien imaginaba con asombrosa nitidez. La vi contestándome, sonriéndome con su mirada franca y alentadora. Real o  imaginaria, su mirada iluminaba más que el sol del amanecer.

En ese estado de embriaguez, un pensamiento vino a mi mente; comprendía, por primera vez, la verdad contenida en las canciones de los poetas y proclamada como el conocimiento supremo por tantos pensadores: el amor es la meta última y la más alta a la que puede aspirar el hombre. Percibí, entonces, en toda su profundidad el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias intentan comunicar: la salvación del hombre consiste en el amor y pasa por el amor….

Delante de mí un hombre tropezó y se desplomó, y sobre él cayeron los que iban detrás. Furioso, el guarda se acercó y sacudió el látigo sobre los cuerpos esparcidos por el suelo. Este incidente distrajo mi pensamiento por unos segundos; pero enseguida mi alma encontró el camino para volver a su mundo y, olvidándome de la vida en cautiverio, seguí hablando a mi amada: yo le preguntaba y ella respondía; luego, ella preguntaba y yo respondía».

1.4. El sentido de la vida

Así, en medio de aquella vida fantasmal, el amparo de su mundo interior les preparaba para no sucumbir. Lo más deprimente para los prisioneros era no saber hasta cuándo iba a continuar aquella vida. No podían aspirar a ninguna meta. El decaimiento los dominaba. Eran como cadáveres vivientes deambulando en un mundo irreal. La tarea real era convertir aquella experiencia en una victoria. A través de la psicoterapia intentaban ofrecer objetivos y descubrir algún truco que lo facilitara: había que conseguir que el prisionero mantuviera la fe en el futuro.

Cuando el prisionero perdía esa fe, estaba condenado. Se convertía en un sujeto aniquilado física y mentalmente. Si el prisionero se negaba a levantarse, lavarse, vestirse y formar fuera del barracón, «entonces ya no había nada que hacer: ni las súplicas, ni los golpes, ni las amenazas… sencillamente se daba por vencido. Permanecía ahí, tendido sobre sus propios excrementos. Ya nada le importaba… Pobre del que no percibiera ya ningún sentido a su vida, ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna finalidad para seguir viviendo: ése estaba perdido. La respuesta típica de ese hombre, frente a cualquier intención de animarlo, era: “Ya no espero nada de la vida”. ¿Hay algún argumento contra estas palabras?».

1.5. Lo que la vida espera de nosotros

Frente al decaimiento y el pesimismo, frente al nihilismo emocional, nuestro autor se empeñaba en levantar, entre sus compañeros de infortunio, especialmente en los enfermos que, como médico, tuvo a su cargo, la conciencia de un destino propio, de un sentido de la propia existencia. «Lo que se necesita urgentemente en tal situación es un cambio radical de nuestra actitud frente a la vida. Debemos aprender por nosotros mismos, y enseñar a los hombres desesperados, que en realidad no importa lo que esperamos de la vida, sino lo que la vida espera de nosotros… Tenemos que dejar de preguntar por el sentido de la vida y, en su lugar, percatarnos de que es la vida la que nos plantea preguntas, cada día y a cada hora. Preguntas a las que no hemos de responder con reflexiones o palabras, sino con el valor de una conducta recta y adecuada. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la vida plantea, cumpliendo la obligación que nos asigna».

La inversión, que Frankl propone, supone no tanto buscar lo que la vida puede otorgarnos, sino lo que ella demanda de nuestra responsabilidad, única y personalísima. Esta respuesta personal a la vida es la clave de la psicoterapia frankliana. En las condiciones extremas del campo, la psicoterapia se centraba en impedir el suicidio, encontrando en las personas esos motivos personales que iluminan su sentido. Y pone el ejemplo de dos prisioneros que habían manifestado su intención de suicidarse, pues «ya no esperaban nada de la vida».

1.6. La fuerza del amor y de la creatividad

«En ambos casos, la terapia… consistía en hacerles ver que la vida sí esperaba algo de ellos, que algo les esperaba en el futuro. Para uno de ellos era su hijo, al que adoraba y que lo esperaba en el extranjero. En el otro la vinculación no era con una persona, sino con su obra. Era un científico que había comenzado la publicación de una colección de libros, aún inconclusa. Nadie más que él podía acabar el trabajo, así como nadie podía reemplazar a su padre en el afecto de su hijo».

Este carácter único y singular, que diferencia a cada persona, concluye Frankl, confiere un sentido único a la vida de cada persona, y se fundamenta en la capacidad de amar y el trabajo creador. Un hombre, consciente de su responsabilidad ante quien le aguarda con todo su corazón o ante una obra sin terminar, no será capaz de tirar su vida por la borda. Conoce el porqué de su existencia y podrá soportar cualquier cómo.