4. El cerebro emocional

4.1. El cerebro emocional y el cerebro pensante

En el libro Crítica de la Razón valorativa. Filosofía de las emociones y de la comunicación (Fundación Mapfre, Las Palmas de Gran Canaria 2012, páginas 118-119), la Dra. Lourdes García Averasturi publica un artículo que recoge sustancialmente las aportaciones de la neurobiología para explicar las relaciones del cerebro emocional y el cerebro racional.

La neurobiología ha podido descubrir recientemente estas relaciones gracias a los nuevos medios de investigación del cerebro. Goleman dedica unas páginas al comienzo de su libro, sumamente interesantes, para explicar la interacción emocional-racional del cerebro. Lo que sigue es una síntesis esquemática de su texto.

La región más primitiva del cerebro es el tallo encefálico, un cerebro rudimentario que regula las funciones vitales básicas y que está situado en la parte superior de la médula espinal. Se trata simplemente de un conjunto de dispositivos reguladores del funcionamiento corporal y de la supervivencia (respiración, metabolismo, reacciones automáticas…). De este cerebro primitivo emergieron primero los centros emocionales del sistema límbico y sólo mucho después el córtex y el neocórtex (el cerebro pensante).

«El hecho de que el cerebro emocional sea muy anterior al racional, y que éste sea una derivación de aquél, revela con claridad las auténticas relaciones existentes entre el pensamiento y el sentimiento» (Goleman, página 45). De este cerebro primitivo se destaca el sentido del olfato con el desarrollo del lóbulo olfatorio, un estrato neuronal básico que clasifica los olores (alimento, veneno, enemigo, disponibilidad sexual) y envía al cuerpo señales para la acción. El olfato era fundamental para la supervivencia.

Con la aparición de los mamíferos se desarrollan nuevos estratos neuronales, que envuelven y rodean el tallo encefálico como un anillo. Este nuevo territorio es el sistema límbico (limbus en latín es anillo) y con él aparecieron las emociones en el repertorio de reacciones del cerebro. La rabia, la ira, el deseo, el amor, el miedo están bajo la competencia del sistema límbico. El sistema límbico añadió, además, dos herramientas: el aprendizaje y la memoria. Si un alimento sentaba mal, se aprendía y recordaba para evitarlo. El rinencéfalo es una parte del sistema límbico que enseña a discriminar lo bueno de lo malo.

El cerebro de los mamíferos se envolvió, hace cien millones de años, de un delgado córtex de dos estratos y sobre él se asentó el neocórtex, formado por nuevos estratos de células cerebrales. El neocórtex del homo sapiens es mucho mayor y más complejo que el de cualquier otra especie: es la sede del pensamiento y de los centros que integran y procesan los datos registrados por los sentidos. La planificación, la estrategia, el arte, la cultura están ligados al neocórtex.

La interrelación del cerebro pensante con el sistema límbico permite matizar la vida emocional. Esa comunicación hace posible pensar los sentimientos y las emociones. Pero las ramificaciones nerviosas que extendieron el alcance de la zona límbica son tantas que el cerebro emocional sigue desempeñando un papel fundamental, de forma que influye poderosamente en el funcionamiento global del cerebro, incluidos los centros del pensamiento.

4.2. La importancia de la amígdala en las reacciones emocionales

En las reacciones violentas o las reacciones inmediatas, que no se piensan, o en las reacciones ante un peligro apenas percibido, o en los estados de risa nerviosa, o en otras reacciones nerviosas imparables, un centro del sistema límbico declara el estado de urgencia y recluta todos los recursos del cerebro para impulsar la acción; es el secuestro emocional, que impide, sobre todo, que el córtex pueda regular los impulsos.

La amígdala forma parte del sistema límbico y es una especie de centinela que calibra el significado emocional de los acontecimientos, y a ella están ligados los procesos de aprendizaje y memoria. Ella le da carga emocional a nuestro encuentro con la realidad. La forma de almendra es la que le da su nombre, pues en griego amígdale significa almendra.

Fue Joseph Le Doux, un neurocientífico de la Universidad de Nueva York, quien, cartografiando el funcionamiento cerebral, le otorgó a la amígdala un papel central como centinela emocional. Ella es la encargada de activar la secreción hormonal de adrenalina y poner al cerebro en estado de alerta. También es capaz de secuestrarlo. Le Doux descubrió que la primera estación cerebral de las señales procedentes de la vista y el oído es el tálamo. Y desde el tálamo, en una sola sinapsis, esas señales son recibidas por la amígdala. Del tálamo sale otra vía que lleva al cerebro pensante, al neocórtex. La vía que lleva al neocórtex es más lenta y la información que llega es más completa, así como la reflexión que allí ocurre es más matizada. Una vez interpretada la información, el neocórtex envía sus señales al sistema límbico y desde allí se reenvían las respuestas al resto del cuerpo. Pero la ramificación que lleva del tálamo a la amígdala le permite a ésta responder de inmediato, antes de que el neocórtex haya empezado a ponderar la información. «La investigación realizada por Le Doux… revela por primera vez la existencia de vías  nerviosas para los sentimientos, que eluden el neocórtex» (Goleman, página 55).

Estos estudios y los del neurólogo Antonio Damasio, de la Universidad de Iowa, muestran la importancia de la amígdala como lugar de almacenamiento de los recuerdos emocionales inconscientes. La amígdala almacena las señales que se devuelven al cerebro y se encarga de que otras regiones cerebrales fortalezcan su recuerdo. Las relaciones de la amígdala con el neocórtex son fundamentales, para que las decisiones corticales tengan referencia emocional. Si se corta la conexión entre el neocórtex y la amígdala, las conclusiones del córtex carecen de referencia emocional. Según Damasio, «separadas de la memoria emocional de la amígdala, las valoraciones realizadas por el neocórtex dejan de desencadenar las reacciones emocionales que se le asociaron en el pasado y todo asume una gris neutralidad… Estos pacientes han olvidado todo aprendizaje emocional, porque han perdido el acceso al lugar en el que éste se asienta, la amígdala».

«Los sentimientos –señala este autor– son indispensables para la toma racional de decisiones, porque nos orientan en la dirección adecuada para sacar el mejor provecho a las posibilidades que nos ofrece la fría lógica. Es así como el cerebro emocional se halla tan implicado en el razonamiento como lo está el cerebro pensante».

Un adecuado desenvolvimiento de la inteligencia emocional propone armonizar la cabeza y el corazón, esto es, utilizar inteligentemente nuestras emociones.

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