3. La inteligencia emocional

3.1. Qué entendemos por inteligencia emocional

Todas estas cosas las sabemos, y en ellas está el secreto para comprender la expresión «inteligencia emocional», ya que hay muchas emociones destructivas y desadaptativas. Son tantas, que ponen en cuestión la expresión  inteligencia emocional». ¿Entonces? ¿Qué hay de inteligente en la tristeza o en la ira? Basta leer la prensa diaria o escuchar las noticias para asistir al espectáculo, que nos ofrecen cada día, de emociones destructivas: el acoso escolar, el acoso laboral, el chantaje emocional, el desencuentro de las familias, de las parejas, de los dirigentes, el abuso, la traición, la venganza, los abandonos de niños…

Pero, siendo cierta la existencia de emociones dolorosas o destructivas, hablamos de inteligencia emocional justo para ponerle un dique al analfabetismo emocional, para expresar la existencia de habilidades que nos permiten comprender nuestras emociones y gestionarlas para aprovechar su energía de forma positiva, esto es, para crecer como personas y dar vida a nuestras relaciones personales, familiares, sociales, profesionales o laborales.

3.2. El interés por la inteligencia emocional

Aunque la reflexión y el conocimiento de las emociones están en la raíz misma de nuestra cultura, tanto en la filosofía como en la literatura, sin embargo, el interés por la inteligencia emocional es un fenómeno muy reciente, que coincide con la publicación del libro de Daniel Goleman, en 1995, con este mismo título. Goleman –psicólogo y periodista– difunde trabajos anteriores de Gardner y Savoy, quienes pusieron de relieve la importancia de las emociones en la vida individual y social de las personas. Pero, si lo pensamos bien, en todos los movimientos no mecanicistas de la filosofía, la psicología y la psicoterapia del siglo XX, incluido incluso el psicoanálisis, hay una búsqueda de la síntesis entre lo racional y lo emocional.

En el comienzo de su libro, Goleman cita un texto de Aristóteles de la Ética a Nicómaco: «Cualquiera puede enfadarse; eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente no resulta tan sencillo».

He aquí ya, en el siglo IV a.C., un pensamiento que señala el camino para ajustar la emoción de la ira a la persona, al momento, en el nivel preciso, con el modo apropiado y la finalidad justificativa. Durante muchos siglos, la «ética racional» nos remite a este tipo de consideraciones sobre la necesidad de embridar las pasiones dentro de unos límites. Y ese autocontrol de las emociones, desarrollado desde la razón, supone el imperio de la razón sobre la emoción, supone una definición del hombre como animal racional. En lo alto de la pirámide está la razón, coordinando la conducta de los humanos.

Sin embargo, cuando hoy hablamos de inteligencia emocional, no hablamos ya así. Hay un vuelco en la consideración de las relaciones entre la inteligencia y la emoción, y en su mutua relación se nos aparece todo nuestro universo emocional en una posición básica y determinante. De alguna forma, nuestro mundo emocional define e impulsa nuestra comprensión, nuestras decisiones, nuestras tareas.

Carl Rogers, el famoso psicólogo del que hablaremos con frecuencia, se preguntaba cómo en él existía una dualidad entre su carácter de terapeuta, con un comportamiento casi místico con los pacientes, y su condición de psicólogo científico, que sometía a parámetros estadísticos y mediciones objetivas las conductas de las personas. Esos dos comportamientos tan distintos, advertidos por él en sí mismo, reflejan esa dualidad de la conducta emocional del terapeuta y el comportamiento racional del científico. ¿Cómo podía ser así? ¿Cómo explicar su propia conducta? Después de dos años de reflexión tuvo su «¡Eureka!». En realidad, dijo, todo científico elige y selecciona su campo de investigación racional desde un movimiento interior que le impulsa, esto es, desde una dimensión emocional.
Es la emoción la que guía a la razón, la que impulsa las elecciones y la que mueve la conducta en numerosas ocasiones (El proceso de convertirse en persona, página 26).

3.3. El problema actual: el déficit de la I.E.

Todos tenemos ejemplos de esa magia que poseen algunas personas para alegrar la vida de los demás. Continuamente hay ejemplos de personas que se sacrifican por los otros, que los ayudan, en unos casos de forma desinteresada, y en otros no. Los padres, los maestros, los médicos o enfermeros… numerosas conductas están dirigidas a ayudar a los otros. Cuando las personas lo hacen desinteresadamente, se sienten mucho más satisfechas que si les hubiesen pagado por ello. Hoy hay muchos ejemplos de esa solidaridad. Sea cuando acudimos a una oficina pública o cuando entramos en un medio de transporte o preguntamos en una recepción y encontramos a una persona capaz de animarnos el día, tenemos la experiencia de esa magia.

Pero frente a eso, Goleman comenta:

«A diario los periódicos nos acosan con noticias que hablan del aumento de la inseguridad y de la degradación de la vida ciudadana, fruto de una irrupción descontrolada de los impulsos. Pero este tipo de noticias simplemente nos devuelve la imagen ampliada de la creciente pérdida de control sobre las emociones que tiene lugar en nuestras vidas y en las vidas de quienes nos rodean… En la última época hemos asistido a un bombardeo constante de este tipo de noticias, que constituyen el fiel reflejo de nuestro grado de torpeza emocional, de nuestra desesperación y de la insensatez de nuestra familia, de nuestra comunidad y, en suma, de toda nuestra sociedad. Estos años constituyen la apretada crónica de la rabia y de la desesperación galopantes, que bullen en la callada soledad de unos niños cuya madre trabajadora los deja con la televisión como única niñera, o en el sufrimiento de los niños abandonados, descuidados o que han sido víctimas de abusos sexuales y en la mezquina intimidad de la violencia conyugal. Este malestar emocional es el causante del alarmante incremento de la depresión en todo el mundo y de las secuelas que deja tras sí la inquietante oleada de la violencia: escolares armados, accidentes automovilísticos que terminan a tiros, parados resentidos que masacran a sus antiguos compañeros de trabajo, etc. Abuso emocional, heridas de bala y estrés postraumático son expresiones que han llegado a formar parte del léxico familiar en la última década…»
(pp. 25 y 26).

3.4. Las dos mentes

Cuando hablamos de la «inteligencia racional», sabemos más o menos de qué hablamos. La inteligencia nos capacita para entender los procesos y modelos teóricos y las situaciones prácticas, de forma que nos capacita para tener éxito en estas situaciones. Coincide con la «conciencia en general» de Karl Jaspers, que se compone de la razón lógica y científica –que es común para todos los humanos– y la inteligencia práctica –que nos ayuda a resolver los problemas prácticos–.

Pero cuando hablamos de «inteligencia emocional», no sabemos exactamente de qué hablamos. En realidad, en una definición práctica, la inteligencia emocional consiste en dotar a las emociones de inteligencia, y tener con ello la habilidad para dominar nuestros sentimientos y canalizarlos para el enriquecimiento personal, la creación y la felicidad.

«En un sentido muy real todos nosotros tenemos dos mentes, una mente que piensa y otra mente que siente, y estas dos formas fundamentales de conocimiento interactúan para construir nuestra vida mental. Una de ellas es la mente racional, la modalidad de comprensión de la que solemos ser conscientes, más despierta, más pensativa, más capaz de ponderar y de reflexionar. El otro tipo de conocimiento, más impulsivo y más poderoso –aunque a veces ilógico–, es la mente emocional… La dicotomía entre lo emocional y lo racional se asemeja a la distinción popular existente entre el «corazón» y la «cabeza». Saber que algo es «cierto en nuestro corazón» pertenece a un orden de convicción distinto –de algún modo un tipo de certeza más profundo– a pensarlo con la mente racional.
Existe una proporcionalidad constante entre el control emocional y el control racional sobre la mente, ya que, cuanto más intenso es el sentimiento, más dominante llega a ser la mente emocional… y más ineficaz, en consecuencia, la mente racional» (p. 43).

Muy intuitiva es la breve composición de los Proverbios, de Antonio Machado, cuando refiere la pugna de la razón y la emoción.

«Dice la razón: Busquemos la verdad.
Y el corazón: Vanidad.
La verdad ya la tenemos.
La razón: ¡Ay!, ¿quién alcanza la verdad?
El corazón: Vanidad.
La verdad es la esperanza.
Dice la razón: Tú mientes.
Y contesta el corazón:
Quien miente eres tú, razón,
que dices lo que no sientes.
La razón: Jamás podremos
entendernos, corazón.
El corazón: lo veremos».

3.5. La crisis de la razón y el cociente intelectual

Howard Gardner, psicólogo de la Facultad de Psicología de la Universidad de Harvard, abrió el frente contra el monopolio de la inteligencia racional y su expresión más concreta, el cociente intelectual, como medida de la capacidad intelectual de las personas y, por tanto, como pauta previsora del éxito o fracaso y de lo que, en consecuencia, podemos llamar gente inteligente y gente no inteligente.

«La contribución más evidente que el sistema educativo puede hacer al desarrollo del niño consiste en ayudarle a encontrar una parcela en la que sus facultades personales puedan aprovecharse plenamente y en la que se sientan satisfechos y preparados…» (Goleman, Inteligencia emocional, página 80).

En consecuencia, señala Gardner, deberíamos invertir más tiempo en ayudarles a identificar y a cultivar sus habilidades y sus dones naturales. En su libro Frames of Mind, establece que no existe una sola forma de inteligencia, sino muchas. A la inteligencia académica (a la que corresponde la capacidad verbal y la aptitud lógico-matemática), añade la capacidad espacial (propia de los arquitectos y artistas), el talento kinestésico (propio de la danza o de deportistas, como Magic Johnson) y la habilidad musical (por ejemplo, Mozart). Y añade dos cualidades más, que sitúa bajo el epígrafe de «inteligencias personales»: una es la inteligencia interpersonal, propia de un gran terapeuta como Carl Rogers o un líder mundial como Luther King, y otra la inteligencia intrapsíquica, en la que distingue a Sigmund Freud, y añade la que activamos cuando nuestra vida se halla en armonía con nuestros sentimientos. Estas siete cualidades de la inteligencia llegaron a ser ampliadas a 20; pero las inteligencias intrapersonal e interpersonal permanecen como la base de la inteligencia emocional.

«La inteligencia interpersonal consiste en la capacidad de comprender a los demás: cuáles son las cosas que más les motivan, cómo trabajan y la mejor forma de cooperar con ellos. Los vendedores, los políticos, los maestros, los médicos y los dirigentes religiosos de éxito tienden a ser individuos con un alto grado de inteligencia interpersonal. La inteligencia intrapersonal…, por su parte, constituye una habilidad correlativa –vuelta hacia el interior–, que nos permite configurar una imagen exacta y verdadera de nosotros mismos y que nos hace capaces de utilizar esa imagen para actuar en la vida de un modo más eficaz» (citado en Goleman, página 86).

Por su parte, Peter Salovey y John Mayer propusieron 1990 por primera vez el término de inteligencia emocional  , a su vez, Salovey organiza las inteligencias personales de Gardner disponiéndolas en este esquema:

(1) El conocimiento de las propias emociones. Esta capacidad resulta crucial para el conocimiento de uno mismo y para la dirección de la propia vida. Sobre el desconocimiento de nuestros verdaderos sentimientos es difícil construir nuestra vida.
(2) La capacidad de controlar las emociones. Ansiedad, miedo, ira, tristeza…: la habilidad para controlar estas situaciones permite restaurar el equilibrio y la armonía interna.
(3) La capacidad de motivarse a sí mismo. La creatividad y la positividad de la persona y de su fuente interna suponen la generación de un flujo vital positivo que se manifiesta en todas las facetas de la vida.
(4) El reconocimiento de las emociones ajenas. La empatía como capacidad de comprender el proceso emocional de los otros y la capacidad de escuchar sin enjuiciarles permiten sintonizar con las necesidades y requerimientos de los demás, enriqueciendo la vida social y dotándola de dimensiones muy positivas.
(5) El control de las relaciones. Es la habilidad para relacionarnos con las emociones ajenas: popularidad, liderazgo, eficacia. La capacidad de relación lleva directamente al éxito social.