2. Qué son las emociones

2. Qué son las emociones

2.1. Qué es la emoción

La emoción es una acción o reacción interior que manifiesta una información sobre nuestro estado anímico y nos prepara para actuar.

Cuando decimos que es una acción o reacción interior, aludimos al sentido mismo de la palabra «e-moción», que viene del verbo latino «movére» y de su participio o sustantivo «motus». La idea es de un movimiento. La preposición «e» nos indica que algo procede de un lugar, y más bien de dentro. Así, la emoción es un movimiento interior que acciona nuestro estado anímico modificándolo y generando un nuevo estado de ánimo. Ese tono emocional nos acompaña, está con nosotros y va sintiendo las distintas situaciones por las que pasamos.

2.2. Las sensaciones corporales que acompañan las emociones

Ese movimiento o acción interior que influye en nuestro estado de ánimo, en nuestra psique, se manifiesta en reacciones corporales, esto es, en las sensaciones corporales que las acompañan. Las emociones se manifiestan acompañadas de sensaciones, pues nuestro yo emocional es un yo corporal. Si vemos una película de miedo, sentimos miedo. Si es policíaca, sentimos la intriga. Son sensaciones físicas que acompañan a nuestras emociones. Alguien nos toca por la espalda y damos un respingo del susto. Nos dan una mala noticia, y es como una patada en la boca del estómago. Si nos llaman, sentimos sorpresa o desazón, según quién sea y el tono que emplea. Si nos enfadamos, sube nuestra tensión y nos desencajamos. La vergüenza nos hace palidecer. El miedo nos bloquea y no podemos articular palabra. La humillación nos hunde. Son reacciones físicas que acompañan a nuestras emociones.

2.3. La función de las emociones: nos alertan e impulsan

Estas reacciones emocionales son vitales para la existencia humana.
Contienen información necesaria para la supervivencia y la realización de nuestra existencia. Nos advierten de las situaciones que vivimos y nos orientan para la acción. En el curso de la evolución, en situaciones primitivas las emociones eran señales de alerta, que provocaban una respuesta necesaria para la supervivencia.
La amenaza de un peligro provocaba el miedo y, con él, la paralización o la huida. O la respuesta agresiva. El miedo es una reacción inmediata que desencadena las hormonas de la adrenalina y nos paraliza o nos hace huir precipitadamente.
Nos informa de la situación del peligro y nos prepara para la acción. Lo mismo ocurre con la ira. Ante una situación de agresión, incluso verbal, la descarga de adrenalina es inmediata y respondemos o tendemos a responder al momento con violencia.

Son situaciones elementales, primitivas incluso, que nos recuerdan estadios antiguos de nuestra biología y de nuestra conducta. Pero dentro ya de una situación cultural evolucionada, el miedo nos advierte de la posibilidad de cometer un error o de no poder superar una amenaza; y el enfado nos indica que alguien no está respetando nuestros límites y los está invadiendo, lo cual nos impulsa a responder o poner coto a ese desafío. La tristeza nos señala que algo no va bien con nuestra situación y reclama que hagamos algo al respecto. Y la vergüenza nos advierte de que nuestra dignidad ha sido ofendida.

2.4. Los conflictos emocionales y la función sanadora de la psicoterapia

En todas estas situaciones emocionales, podemos distinguir lo que es la emoción en sí, el momento originario en que se produce ese movimiento interior, y el estado de ánimo, más duradero, que se prolonga en el tiempo provocando
placidez o irritabilidad. A veces, esos estados pueden ser prolongados, e incluso permanentes. Cuando las personas no han resuelto o aceptado conflictos de fondo y éstos han quedado enquistados, taponados, consciente o inconscientemente, se generan estados de ansiedad o inquietud, que pueden ser permanentes.

Las terapias sirven para reconciliarse con estos conflictos y para sanarlos, y ese alivio, cuando se produce, provoca un estado de bienestar, que se mantiene generando una nueva visión y una nueva vida.

2.5. Las emociones básicas y las emociones secundarias

Éste es el trabajo de la psicoterapia: busca sanar las emociones y hacer crecer a las personas. Leslie Greenberg (Emociones: una guía interna, Desclée de Brouwer, Bilbao 2000) señala que hay emociones básicas y emociones secundarias.
Cuando exploramos nuestras emociones, debemos intentar comprender esta distinción, porque es fundamental para calibrar la autenticidad de la emoción y el lugar del conflicto.

Por ejemplo, la ira puede ser una emoción básica, si surge de una agresión. Pero, a veces, es el resultado de que nos han atrapado en un renuncio y no tenemos defensa; entonces tapamos nuestra vergüenza y amor propio herido con una respuesta airada. Quizás en la misma situación, otra persona se echa a llorar. ¿Tristeza? Más bien intentamos obviar la vergüenza tapándola con el llanto.
Las emociones pueden estar unas debajo de otras y, si queremos tratarlas o ser consecuentes, habrá que conseguir llegar al nivel más auténtico.

A veces, estas emociones secundarias son emociones instrumentales, en alguna medida simuladas, como puede ser el caso del llanto.

2.6. Las emociones adaptativas y desadaptativas, saludables y no
saludables

Greenberg señala también que hay emociones adaptativas y desadaptativas. ¿Qué quiere decir? La emoción adaptativa nos conduce a una conexión integradora con nosotros mismos y a una relación positiva con nuestro entorno, con las personas que nos rodean, en la familia o en nuestro barrio o en el trabajo. Las emociones desadaptativas provocan todo lo contrario: nos hacen sentir mal y chocar emocionalmente con nuestro entorno. Esta distinción supera y clarifica la división según la cual hemos hablado antes de emociones positivas y negativas.
Y esto porque no hay emociones que en sí sean una cosa u otra, sino en función de las circunstancias.

La emoción del amor es positiva, claro; pero si el amor se manifiesta como celos o se dirige a una persona que no lo merece, su funcionalidad es desadaptativa.
La alegría es una emoción positiva; pero si alguien se alegra por el daño que recibe otra persona, es crueldad y, por tanto, su función es desadaptativa.

La tristeza es desadaptativa si induce a la inacción; pero si es un acicate para poner el remedio necesario, no lo es; ni tampoco si es la tristeza que acompaña al arrepentimiento y nos hace restañar un dolor y conciliarnos con él. Como cuando suspiramos y decimos «ha sido un suspiro de alivio», el aceptar el dolor puede ser bienvenido y saludable, un alivio a pesar de la tristeza.

Greenberg utiliza también la expresión «saludable o no saludable», que de hecho coincide con la división anterior. Pero la adaptabilidad habla de la relación externa que impulsa la emoción, y el carácter saludable habla del crecimiento interior que provoca la emoción. Así, si me siento liberado, desinhibido, feliz conmigo mismo, estoy viviendo una emoción saludable. Todo esto me lleva a plantear el conjunto de relaciones en el que mi propio estado de aceptación de mí mismo lleva a la aceptación de los demás.

2.7. Un ejemplo de emoción primaria y de emoción saludable

Carl Rogers cuenta, en El camino del ser (página 116), una anécdota que ilustra muy bien el carácter de una emoción primaria y saludable. Rogers desarrollaba una terapia con unas setenta personas, que tenían reuniones en grupos pequeños y también sesiones generales. En una de estas sesiones generales se había tomado, entre todos, la decisión de que sólo asistieran a las reuniones las personas adscritas y que no trajeran invitados. Asistía a estos grupos Natalia, la hija de Carl, una chica bien parecida, alta, delgada y rubia. También se encontraba Nancy, alta, delgada y rubia, muy parecida a Natalia.

Aquella tarde Nancy llegó tarde a la sesión general y se enteró por un compañero de que se había prohibido la asistencia de invitados. Ella había traído a su marido el día anterior y se sintió desautorizada. Y, de pronto, rompió a llorar y temblar desconsoladamente. El grupo le prestó acogida a sus sentimientos y le explicó que no se la criticaba en nada, ni se la culpaba de nada. Pero esto no consiguió calmarla. Seguía llorando y temblando porque se sentía discriminada, y eso ya le había pasado otras veces. Y, entonces, se dirigió a la hija de Carl y le dijo: «Sois fríos conmigo. Te he estado llamando por equivocación Betty y me he acercado para decirte lo mucho que lo sentía, y me has contestado que eso era problema mío y me diste la espalda».

«No es eso –le indicó Natalia–. Comprendía que estabas trastornada por tu equivocación y te indiqué que no te preocuparas, que no tenía importancia en absoluto. Creo que tienes interés en que nos relacionemos y quizás yo no lo he facilitado; pero no te he rechazado».

Pero Nancy no aceptaba las explicaciones de Natalia. Estaba cada vez más apasionada y le reprochó que ella se relacionaba muy bien con Teresa, una chicana, y con personas de los grupos minoritarios, pero no con ella, que, como la hija de Carl, era alta, rubia y de clase media (aquí hay una digresión debida al enfado de Teresa). Pero el grupo trae de nuevo el tema a esa hostilidad que muestra Nancy con Natalia y que no puede estar motivada solamente por el incidente inicial. Un asistente señaló que ambas eran muy parecidas y quizás Nancy pensaba que, siendo así, debía relacionarse con ella y no con Teresa. Pero Nancy rechazó esa idea. Todavía le propusieron más motivos para su antagonismo.
En todo caso, tras considerar tales sugerencias, las fue rechazando una tras otra. «Ese sombrero no se me ajusta bien», decía al rechazarlas.

Rogers estaba desorientado. No comprendía lo que le pasaba. No encontraba ninguna pista para aquella tristeza y aquel antagonismo. Y lo mismo le pasaba a los demás miembros del grupo.

«No sé, quizás esto no sea apropiado… –dijo entonces Ann dirigiéndose a Nancy–. Pero cuando te he visto llegar, he notado el gran parecido que hay entre vosotras dos. Y también he visto la relación tan abierta que Natalia tiene con su padre. Y pienso que quizás pueda existir alguna relación entre tú, tu padre y Carl».

Y, entonces, Nancy se derrumbó por completo, como si se le hubiera caído el mundo encima, rompiendo a llorar con desconsuelo: «No lloré cuando murió mi padre…; en realidad, murió para mí mucho antes de que falleciera…
¿Qué puedo hacer?», dijo entre sollozos. El grupo le prestó empatía. Ann, que estaba a su lado, la abrazó consolándola. El grupo la apoyaba: «Todavía forma parte de ti, le dijeron, puedes lamentar su ausencia». Tardó tiempo en recuperarse.
Cuando lo hizo, le tendió la mano a Carl y se abrazó a él. «Incluso te pareces a él –le dijo–; pero no me había dado cuenta de que era eso lo que sentía».

2.8. Unas reflexiones sobre este ejemplo

Esta narración es muy rica en enseñanzas. Muestra cómo nuestro organismo se cierra ante un sentimiento doloroso y lo oculta, porque su surgimiento va a suponer un problema vital. La propia persona desconoce la profundidad de ese sentimiento, que se enmascara de diversas emociones. Y hay que ver cómo esas emociones van de lo superficial a lo más hondo, en una especie de capas de emociones diversas. En la superficie aparece un sentimiento de tristeza y
discriminación; luego, eso se revuelve en enfado. Pero más adentro del enfado aparece una enemistad de fondo y, cuando ésta se abre, aparece la envidia; y toda esa tectónica emocional cae de golpe cuando Ann le advierte que «es algo entre tú, tu padre y Carl»: un sentimiento de pérdida y de culpa («no lloré cuando murió mi padre») se abre entonces y siente la necesidad de recuperar el llanto por la muerte de su padre. «Ella no se había dado cuenta de que era eso lo que sentía».

En la interacción con el grupo, ella va descartando las razones o emociones que le van insinuando. Nada de lo que dicen le encaja con lo que siente. Y lo va desechando. Igual que se van sucediendo las emociones, sin que consiga tranquilizarse. Rogers hace aquí referencia a Gendlin y a la necesidad de concordar las emociones con el proceso orgánico –las sensaciones–, en el que éstas fluyen y que le sirven de referencia. El cuerpo no validaba las razones que le ofrecían. Aquellos sombreros no le iban. Es una muestra del proceso de interacción que se da en nuestro interior, al intentar cerciorarnos de lo que realmente sentimos. Es una interacción que busca ajustar en el organismo corporal las propuestas de interpretación con lo que realmente sentimos.

«Pero cuando Ann –dice Rogers– le habló de sus sentimientos…, Nancy se dio cuenta inmediatamente, y con absoluta certeza, de que aquello era lo que experimentaba. Se ajustaba a lo que ocurría dentro de sí. Como suele ocurrir frecuentemente cuando a una persona se la acepta, en primer lugar, logró experimentar su sentimiento con plenitud y claridad en sus sollozos. A continuación, profundizó en su experiencia y comprendió que, además de envidia, sentía mucho dolor y que jamás había lamentado la muerte de su padre».

Señala Rogers que esta historia ejemplifica muy bien el momento en que se produce el cambio emocional, cambiando la personalidad y la conducta. La toma de conciencia es dolorosa y muy triste; pero en el mismo instante, en un tiempo infinitesimal, surge el sentimiento de arrepentimiento, que envuelve su tristeza en un sentimiento de perdón y alivio profundo. Es el momento del cambio irreversible. «He definido dichos momentos del siguiente modo: cuando se experimenta un sentimiento, que antes se había negado, de un modo pleno y completo, tanto en su expresión como con una conciencia total, aceptándolo, y no como algo erróneo o nocivo, tiene lugar un cambio emocional e irreversible». Es el resplandor emocional.

Creo que este ejemplo nos explica muy claramente la aparición de emociones desadaptativas y nada saludables (el sentimiento de rechazo, el enfado, la envidia…), que, además, eran emociones periféricas o secundarias. La emoción de fondo, la emoción oculta y dolorosa, es una emoción primaria: ella consiste en «todo eso que tiene que ver con la muerte de un padre, que ya antes había muerto para ella». No sabemos definir muy bien esta emoción tapada: pérdida, despecho, rabia… todo un cúmulo de cosas había quedado sin resolver. Es, desde luego, una emoción sumamente desadaptativa y nada saludable. Sin embargo, esa emoción dolorosa, al aparecer, se disuelve y se sustituye en un instante infinitesimal (es el cambio emocional irreversible) por un sentimiento de arrepentimiento,aceptación, perdón (a sí mismo) y liberación. Es un sentimiento saludable y constructivo, un sentimiento de bienestar, que impulsa una relación constructiva con los demás.

Y ese cambio ocurre en un instante y dura toda la vida. Ésa es la importancia del discernimiento emocional.