1. Las emociones: hemos de tenerlas en cuenta

1. Las emociones: hemos de tenerlas en cuenta

1.1. La emoción es connatural al ser humano: un ejemplo

Si tomamos en nuestras manos la Ilíada, que es la más antigua expresión literaria de la cultura occidental, nos encontramos con las emociones más viscerales del ser humano. Nueve años largos llevaban los griegos ante las murallas de Troya, una guerra originada por la pasión amorosa de Helena y de Paris.

«Canta, ¡oh diosa!, la ira de Aquiles, el hijo de Peleo, la cual produjo miles de males y arrojó al infierno a muchísimas almas de héroes esforzados y convirtió sus cuerpos en pasto para los perros y para todas las aves, cumpliéndose así la voluntad del dios».

Así empieza la Ilíada, evocando la ira y sus funestos efectos. Aquiles se enfada con Agamenón, el jefe supremo de los griegos, y se niega a entrar en combate, porque Agamenón le arrebata la esclava que había obtenido como recompensa en el combate. La ira de Aquiles le lleva a negarse a combatir, y eso priva a los griegos de su mejor guerrero y de sus hombres, los pone en desventaja en el asedio de la ciudad y les provoca enormes pérdidas humanas.

Es la venganza o revancha, producto del sentimiento ofendido, que sólo cederá cuando muera su amigo Patroclo a manos de Héctor, el mejor guerrero troyano. Entonces, la venganza de Aquiles, una máquina de combate, se dirigirá contra el troyano y lo matará, arrastrando sus restos por el polvo. Aunque, finalmente, cuando Príamo, padre de Héctor y rey de Troya, se los reclama para enterrarlos, siente el dolor del padre y la compasión se apodera de él.

Se da ahí, en la Iliada, el primer monumento literario de Occidente, un surtido variado de emociones, provocadas por la injusticia y el desorden de las relaciones humanas: la emoción amorosa de Helena y Paris; la ira y la revancha de Aquiles; el infortunio de unos y otros, sumidos en una guerra sin final, con muertos por doquier; el dolor por la muerte del amigo o del hijo; y la compasión final.

1.2. Los sentimientos nos acompañan siempre y la razón intenta gestionarlos

No podríamos entender la historia, la literatura, el cine o la televisión sin la existencia de las emociones. Ni podríamos comprender nuestra propia vida sin la existencia de un flujo emocional que recorre nuestro cuerpo constantemente.
Sin emociones, careceríamos de expresiones: no habría eso que llamamos «lenguaje no verbal».

Nos despertamos de un sueño placentero o tortuoso; al despertar, sentímos placer o ansiedad por el sueño. Nos levantamos con ánimo o desánimo. De buen o mal humor. Ese sentimiento de fondo, se activa con las incidencias del
día. Una buena noticia nos alegra. Un saludo cordial, también. Una mala noticia nos aflige. Un saludo malhumorado, también. La razón nos guía, pensamos; pero no es así. Razonamos estas circunstancias y las superamos. O lo intentamos.
Pensamos que la razón nos ayuda a controlar nuestras reacciones. Y es así; pero sólo en parte. Así nos han enseñado.

Y aunque nuestro cuerpo proteste y el ánimo esté bajo, sabemos lo que tenemos que hacer. Razón y emoción están trabadas en un combate cuerpo a cuerpo. Nos han enseñado a resolver racionalmente los problemas, a superar los conflictos emocionales a base de dejarlos a un lado o saltar por encima de ellos. Pero no siempre podemos. Las emociones son más fuertes que la razón: ellas nos conducen.

«Las emociones son mecanismos cerebrales muy arcaicos, que evolucionaron para que los seres vivos tomaran, de manera casi automática, las decisiones más correctas para seguir con vida. Las emociones se desencadenan ante la presencia de un estímulo que resulta relevante para la vida del ser vivo que la experimenta» (Vicente Simón, Vivir con plena atención, página 29).

Si cruzando la calle percibimos con el rabillo del ojo que un vehículo se acerca a gran velocidad, damos un gran salto de manera casi automática. Las emociones son mecanismos muy antiguos que mantienen sus características primitivas, si bien en el curso de la evolución se han complementado con la posibilidad de evaluación de las situaciones antes de completar nuestras reacciones.

1.3. Las emociones positivas y negativas

Hay conflictos que nos afectan íntimamente y no podemos razonarlos. La injusticia es la madre de la ira. La violencia  provoca el miedo y el deseo de venganza. El insulto o el desprecio provocan la vergüenza, la lesión del amor propio. La pérdida de una relación o de una persona o de un empleo provoca la tristeza.
Éstos son sentimientos y emociones que tendemos a considerar negativos, aunque no siempre lo son y, en el fondo, siempre late de ellos una energía positiva. Por el contrario, el nacimiento de un hijo provoca la alegría. El amor es generoso y solícito y genera amor y agradecimiento. La lealtad nos emociona, nos hace sentir lo que valemos. Y éstos son sentimientos o emociones positivos. Ahora bien, para aprovechar la energía positiva que encierran las emociones tenemos que saber lo que son.