4. El caso del directivo que había discutido con su jefe


El problema. También lo propone este caso Eugene Gendlin en su libro Focusing. Fred es director de ventas de una empresa. Es un profesional joven, que se toma su trabajo muy en serio. Pero las ventas no van ahora como iban en el pasado. Para resolver los problemas del departamento de ventas, elabora un plan muy concienzudo y muy bien elaborado, que, finalmente, lo propone al director y propietario de la empresa. Fred ha pensado en un plan que obliga a un cambio drástico en la filosofía general de la empresa. Cuando lo presenta a su jefe, éste no acepta el plan propuesto. Fred insiste y el otro lo vuelve a rechazar. Finalmente, discuten con acritud.

Nuestro hombre se va aquel día a casa con el disgusto de su rifirrafe con el jefe. Quiere quitarse de encima esa desazón, pero no puede. Argumenta para sí: «Es que él está ya anquilosado y no admite los cambios». Intenta no pensar, quitarse la sensación de disgusto de encima: «No pienses en ello», se decía. Pero volvía a cavilar: «Cuando me dijo aquello, le debía haber respondido…». Pretendió de nuevo tranquilizarse: «Al fin y al cabo, nada pasó. El jefe ya conocía mis puntos de vista…». Pero el estómago no le creía. La sensación de incomodidad era muy fuerte.

La práctica. Cuando todos los intentos de razonar, de convencerse, de tranquilizarse, fracasaron, entonces probó la técnica del enfocar y poner su atención al problema. Hizo acallar todos los intentos y los ruidos interiores, incluso la discusión con el jefe, y se planteó, como en un todo global, todas las preocupaciones de su trabajo presente y de su futuro, y de lo que estaba haciendo con su vida. Sintió entonces presente ante sí toda esa globalidad como un todo, que le llegaba con una sensación de insatisfacción, como un nudo en el estómago, como un bloqueo.

Después buscó las palabras que podían describir esa sensación, y la expresión que le vino fue como una imagen extraña de un cuadro que está torcido, o un libro que está boca abajo en la estantería. Lo que sentía se podía expresar en palabras como «algo fuera de lugar» o simplemente «fuera». La expresión no le satisfacía del todo; pero entonces vino en su ayuda la palabra que aclaraba su sensación y rompía el bloqueo, deshacía el nudo en el estómago y hacía desaparecer la vivencia de insatisfacción. «Inadecuado», era la palabra. Comprendió entonces que todo lo que estaba haciendo en la empresa era «inadecuado». Que él se había volcado en aquel plan de ventas, porque pensaba que con ese plan arreglaría su vida. Allí descubrió que su actitud en el trabajo era inadecuada. Eso hacía que su convivencia fuera difícil y que proyectara en el trabajo una intensidad desproporcionada. Pero el cambio corporal y emocional, que le había proporcionado el ejercicio, desató en él un ansia de vivir con autenticidad, que le llevó con el tiempo a cambiar de tarea y encontrar su verdadero rumbo.

El valor de la sabiduría corporal. Este ejemplo nos muestra el valor de la sensación corporal como sabiduría que advierte que algo está mal.  Fred meditó y reflexionó y le dio vueltas a su conflicto con el jefe, y no llegó a ningún resultado. Pero la sensación corporal, el nudo, la insatisfacción y el bloqueo le llevó a comprender que había emprendido un camino equivocado. La sensación se abrió cuando, interactuando con ella, ésta le señaló la expresión que podía traducir su significado. Entonces descubrió que había convertido el plan de ventas en un proyecto de vida. El cuerpo sabía algo que la razón no acertaba a descubrir.