2. Los sueños terroríficos

El problema. El niño tenía ocho años y todas las noches se despertaba varias veces con pesadillas terroríficas. En la televisión veía con su hermana mayor películas de seres monstruosos y malignos. Naturalmente, hacían su aparición en el sueño y le causaban pánico.

La práctica. En una conversación tranquila, a solas, le pedía que recordara esas pesadillas. Le invité a que recordara esas sensaciones de miedo. Me explicó cómo eran, dónde las sentía. «En el pecho, claro». Los demás le decían que esos monstruos no existían; pero eso no le serenaba. La sensación de pánico era muy fuerte. Le sugerí entonces que tomara en sus manos esa sensación de miedo y la colocara en un extremo de la habitación. Cuando lo hizo, le invité entonces a que pensara en algo que le hubiera hecho muy feliz. Eligió una victoria deportiva de su equipo favorito. «Piensa en ello», le dije. «¿Cómo te sientes? ». «Feliz», me respondió. «Deja ahora que te inunde esta sensación y permanece con ella, hasta que quieras». Cuando abrió los ojos, le indiqué: «Ya sabes lo que tienes que hacer, cuando tengas un mal sueño: saca de ti la sensación de agobio y ponla lejos. Y piensa en algo o alguien que te llene».

Todavía alguna que otra noche se despertó llamando a sus padres. Pero entonces ellos le recordaban, y él recordaba, que podía alejar el sueño y sentir un suceso feliz.

Esta anécdota nos muestra la fuerza de la sensación corporal. Aunque el niño sabía que los monstruos no  existen, sin embargo, la sensación de miedo, alimentada en el sueño, seguía al despertar. No bastaba, por tanto, con explicarle que los monstruos no existen; con eso nada se conseguía. El remedio consistía en encontrar la forma de extinguir la sensación de miedo y sustituirla por otra sensación agradable. Naturalmente, el miedo va asociado a una sensación de soledad y necesita, para superarlo, apoyo y compañía, arropamiento y seguridad. Eso también; pero buscamos un medio que permitiera a todos descansar.
Esa «sustitución» de la emoción negativa (por ejemplo, tristeza), por otra positiva puede desencadenarse a través de la pregunta «¿cómo sería si eso no estuviera ahí?», cuando se cae en la cuenta de que el sentimiento primario es de tristeza.