EPÍLOGO

SOBRE EL ANALFABETISMO EMOCIONAL Y QUÉ HACEMOS CON ÉL

Si el lector ha llegado hasta aquí, merece nuestro reconocimiento, pues habrá recorrido estas páginas y con ellas, probablemente, se habrá aventurado en el camino que proponía Carl Rogers: el que nos lleva en el proceso de llegar a ser uno mismo y que, en llegando a ese punto, nos coloca en el camino de la autenticidad. Al menos, si ha utilizado esa parte de nuestra inteligencia emocional, que nos conduce a nuestro fondo emocional, en ese fondo habrá descubierto un paisaje interior de indudable riqueza. Descubrirse a sí mismo, encontrarse con la propia persona que somos, contiene en sí un momento de gran trascendencia, inolvidable, pues de pronto nos hallamos envueltos en unas referencias atemporales que suman, en un presente intenso, la memoria del pasado y la dimensión del futuro. Quizás esas referencias se produzcan con dolor, con tristeza, con asombro, con arrepentimiento o sensación de pérdida o impotencia; pero desde esas emociones profundas surge también una renovación interior, una búsqueda decidida, un propósito de ser, un perdón total al hijo pródigo que somos, una reconstrucción de nuestra experiencia, una ausencia de culpa, una disponibilidad generosa, una capacidad nueva, una motivación poderosa, una nueva manera de estar en nosotros mismos y con los demás.

Estas páginas están pensadas para suministrar un medio de conocerse a sí mismo, de comprender cuáles son nuestra propias posibilidades y atrevernos a recorrer nuestro propio camino y, asimismo, a comprender a los demás y construir conjuntamente con ellos nuestro mundo. Es decir, el método propuesto trasciende las situaciones concretas y podemos con él alumbrar nuestro encuentro con nosotros mismos y con los demás. Y así, aunque se trata de aplicar la inteligencia emocional en un ámbito específico, el ejercicio de atención emocional, que ayudamos a practicar, encierra posibilidades en todos los ámbitos de nuestra existencia y es especialmente aplicable a los procesos de formación emocional. Pero ello será el resultado de un aprendizaje emocional, el resultado de un método o proceso experiencial, que explicamos en estas páginas y es, sin duda, la propuesta fundamental que encierra. Pues en él volcamos una experiencia de filósofos y psicoterapeutas, integrando sus aportaciones en un proceso aparentemente sencillo, que ordena esa acción interior. Con ese método podemos realizar nuestro aprendizaje emocional. Y también con ese método podemos encauzar a otros en ese entrenamiento vivencial que llamamos inteligencia emocional.

Decía Goleman en su libro inicial que nuestra cultura es «emocionalmente analfabeta». Y, si caemos en la cuenta del mundo que nos rodea, parece que su expresión se nos queda corta. Basta con escuchar las noticias de cada día para entender la sinrazón que nos envuelve. Tanto en la esfera pública (crisis sociales, políticas, conflictos civiles, terrorismo, conflictos armados, explotación de niños o mujeres) como en la vida privada de las personas, en sus conflictos familiares, en la ruptura de la familia, en el abandono de los hijos y su formación, en la violencia familiar, en el abuso de poder en el trabajo o en la escuela, en el uso de las más diversas formas de violencia. La inmensidad que envuelve la expresión «analfabetismo emocional» es enorme, pues abarca toda la violencia omnipresente en las relaciones inhumanas. Cuando proponemos un medio o instrumento de formación emocional, buscamos, desde luego, llamar la atención sobre ese fondo de violencia verbal o física que envuelve la vida de las personas como nosotros, proponiendo un método de gestión y entrenamiento emocional. Pero también es una llamada de atención a quienes tienen en sus manos las tareas educativas y la dirección de las personas y de sus conflictos. Estas páginas ofrecen un instrumento para educar las emociones y autogestionarlas. Y con él podemos enseñar a los demás a reconciliarse consigo mismos y con los demás.

                    Las Palmas de Gran Canaria, Mayo 2018.